Canto de alférez

El canto de alférez pertenece al género conocido como canto a lo poeta, género que abarca el canto a lo divino y canto a lo humano. Donde su especificidad radica en la gran capacidad de improvisación del cantor y el juego ritual que este establece junto al baile chino que lo acompaña en todo momento. El alférez es un experto en historias bíblicas, de milagros y de santos, además es el encargado de saludar, despedirse y de realizar peticiones especiales que la gente le solicita para expresar su devoción.

Sabemos que la necesidad de ritualizar la palabra de la manera en que lo hacen los alféreces es una manera local de reinterpretar la religión oficial, y fue la forma en que las comunidades locales supieron responder a la evangelización impuesta por los colonizadores y su imperio de la traducción bíblica, desde la época colonial.



Sobre el origen de este tipo de canto, hay que remontarse, como mencionamos, a la época colonial, y a la caracterización histórica que se hace del canto a lo poeta:



La métrica ocupada puede ser una cuarteta o décima, de verso octosílabo. Los antecedentes más remotos del canto a lo poeta, en nuestro país y durante la colonia, son los de la poesía franciscana española del siglo XV. Más adelante, en los siglos XVI y XVII es un recurso más para la literatura colonial chilena, sin embargo, en el siglo XVIII se consolida como una poesía popular y rural.
El alférez es un personaje que hoy en día sólo se encuentra casi exclusivamente en el Valle del Aconcagua, y con una presencia menor en el Choapa. Por ello le da una fuerza identitaria única a las tradiciones festivas de esta zona.



"Un Baile (chino) sin alférez no vale nada. Sería como para la televisión no más, porque el alférez es el que lleva la responsabilidad de hablar y expresar todo lo que siente. Igual que en un contrapunto, en un saludo con otro alférez. Uno pregunta, da respuesta, se expresa de dónde es, a qué viene. Y si no tiene alférez, sencillamente no se sabe de dónde es ni a dónde va" (Claudio Mercado, 2003).



Expresar la palabra ritualizada es uno de los elementos más importantes que maneja el alférez. Que le da profundidad expresiva y saber popular a las fiestas patronales. El Antropólogo Claudio Mercado menciona: Cada Baile Chino tiene un alférez, un cantor. Ellos son los representantes de los Chinos y del pueblo ante la divinidad, son los encargados de hablar ante ella. Ellos tienen el conocimiento, son quienes saben las historias bíblicas y sus personajes, la historia de Cristo y de la Virgen, la historia de San Pedro, del Niño Dios. Son los depositarios de la tradición en que se desenvuelve el ritual de los Bailes Chinos. Los alféreces son quienes, de una manera simple y hermosa, enseñan a campesinos y pescadores la Historia Sagrada. Esta enseñanza es realizada con palabras comunes y corrientes, con un lenguaje que todos comprenden, a través de los cantos que van improvisando en cuartetas o décimas.



En estos cantos se despliega la creatividad poética del alférez a partir de las Escrituras. Todos los alféreces cantan más o menos los mismos temas, pero la poética de cada uno de ellos es distinta y original. Los alféreces deben demostrar que conocen completamente los Libros Sagrados y que son capaces de narrarlos cantando en versos improvisados. Aquí se hace patente la enseñanza de los misioneros, que legaron a los alféreces la misión de enseñarle al pueblo la Historia Sagrada. Era común que los alféreces no supieran leer ni escribir, por lo que esta historia era mantenida oralmente. Actualmente, la mayoría de ellos sabe leer, y de hecho, siempre andan buscando instruirse en la Biblia y otros libros. Sin embargo, se mantiene vigente la importancia de la oralidad, el don de los alféreces de cultivar la memoria y la improvisación (Claudio Mercado, 2003).

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