María Angelina Parra Parra

Cantora campesina

cultor individual
Documentado por: Tesoros Humanos Vivos

Reseña

Los comienzos de mi vida están marcados por sonidos de antigua hechura, que se confunden en la memoria con el colorido de los atardeceres que inundaban el corredor de la casa natal. Así fue que me crié escuchando cantar a la nana Melania. Aquella mujer de talante alegre, que veló por mi infancia, allá, en los campos de Linares, el corazón profundo de un Chile que se resiste a desaparecer.

A edad temprana también escuché ese canto en las voces de mi madre y mi tía, mujeres de acomodada condición social que —no obstante— compartían con mi nana la misma sabiduría y, por cierto, las mismas canciones. Estoy hablando de la tonada, de ese río centenario y profundo en que la mujer campesina del Chile central que me vio nacer, trenzó su estirpe y fecundó el paisaje. Así percibo el fuerte lazo que la campesina estrechó con la guitarra y con el canto. Así también me explico cómo fue que la cantora, con la tonada enredada en sus cuerdas, labró la luz en medio de la rudeza reinante que el latifundio impuso por siglos de dominio en los campos chilenos. Digo entonces que la cantora es un personaje que representa la nobleza de una estirpe y, sin duda, su figura destaca a través de los siglos, pues en ella se conjuntan las aguas de muchas voces centenarias y anónimas que han dado forma a un inconfundible modo de ser que nos define, un modo de ser que nos distingue. Ese modo que algunos llaman identidad cultural y que yo digo que es la humilde modestia de la sabiduría que anida en este digno personaje, encarnación pura de nuestro origen mestizo que le ha dado a nuestro campesinado una manera de pertenecer y permanecer en el tiempo y el paisaje.

La tonada campesina chilena es un canto simple, de lírica transparente, que no da muestras de tener grandes pretensiones, como lo pudieran representar otros ofcios de canto tradicional. Si el cantar de nuestras mujeres de campo es elemental, nos preguntamos, entonces, cómo es que a lo largo de los siglos las cantoras han logrado calar tan hondo en la sociedad rural. La respuesta también es simple: el canto de la cantora es primordial y, por tanto, esencial. En palabras simples, digo que las cantoras han hecho carne lo que cantan o, mejor aún, sus canciones —eso que los estudiosos llaman repertorio— representan lo sustantivo de sus existencias. Escuchándolas con el corazón uno puede presentir que su arte arranca de un misterio diáfano como una mañana: su canto es un refejo de sus propias historias de vida. Escuchar lo que ellas cantan es como leer en el libro de sus almas. Así lo fui descubriendo mientras recorría los caminos de este canto tan profundo. Lo pude apreciar en hechos simples y comprometidos.

Zenilda Valdés, cantora de los alrededores de Talca, había colgado la guitarra tras la muerte de su madre. Le pedí que me cantara una tonada, pero la pena no la dejaba siquiera entonar. Entonces le canté yo. Tras nuestro encuentro ella volvió a cantar como si algo inconmensurable le impusiera obediencia y fdelidad. Parecido ocurrió con mi querida Elenita Carrasco, la memorable Chillaneja.

María Concepción Toledo, natural de Rari y una de mis más queridas cantoras, tenía cuando jovencita un pretendiente impuesto por sus padres, pretendiente que ella no quería. La tonada fue su arma y le cantó:

Para que fue tanto empeño de andarme solicitando yo no hago juicios de vos de balde me andai rogando.

El suplicante tomó sus cosas y nunca más volvió. Y al contrario, la madre de Iris Arellano —ambas cantora de Cobquecura— quería a un hombre errabundo de mares que por su juventud — diez años más joven— no admitía amarras. Entonces, la noche antes del zarpe ella le cantó:

Si yo fuera ruiseñor iría a darte un concierto y no cantando de amor en los tilos de tu huerto.

El indómito ancló para siempre en la vera de su amor. Es de este modo como a través de los siglos, la cantora ha hecho de sí misma la artista social al servicio de su vecindad, cual for silvestre que con su tímido fulgurar hizo más humano el áspero camino del latifundio.

Ella ha cantado a la celebración de amor en el parabién del casorio o en la derrota del abandono que tantas veces golpeó a la mujer de los campos. También ha cantado a la emotiva fe de una novena o en el despedimiento del niño muerto que, por el arte prodigioso del verso popular, se transforma en glorioso angelito. La vida y la muerte, la fiesta y el duelo, la palabra, el canto y la guitarra han sido los materiales con que la cantora ha hecho la veracidad de su canto.

Nací escuchando tonadas. Nací escuchando cantoras y, finalmente, me hice una más entre ellas.

Por eso que las cantoras son para mí personas muy queridas, pues, siguiendo la estela de sus trayectorias prístinas y anónimas, aprendí yo a descubrir de qué y cómo está hecho el sentido de la manifestación humana. En sus relatos e historias de vida, en sus horas compartidas, en el toquío con que aman sus guitarras, en la emoción de una voz muchas veces quebrada por el sufrimiento, ellas dejan entrever la sencillez de lo esencial.

Con todo lo expresado, por la admiración que cultiva la reciprocidad, y por otras tantas cosas para las que no encuentro las palabras, las cantoras son para mí personas trascendentes, verdaderos tesoros de la experiencia humana, a quienes debo lo realizado y el modo en que lo he hecho, puesto que fueron y siguen siendo las maestras que me han enseñado a valorar y agradecer lo que la vida me ha querido dar.

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  • Folio CNCA: 283

  • Tipo: Cultor Individual

  • Fecha de registro en SIGPA: 29-12-2011

  • Género: Femenino

  • Ubicación: Región del Bío - Bí­o - Penco

  • Fecha de nacimiento: 13/07/1934

  • Lugar de nacimiento: Linares

  • Dominios específicos: Cantora campesina

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  • Tesoro Humano Vivo de Chile año 2009

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