Don Alamiro Menay, oriundo de la Quebrada del Pobre, comenzó a cantar a lo divino cuando tenía alrededor de quince años. En aquel tiempo, el canto a la Santa Cruz era una práctica profundamente arraigada en la zona, y él creció escuchando a los viejos cantores del valle. Había un caballero que siempre iba a cantar a la Santa Cruz, y en una ocasión Alamiro tuvo la oportunidad de acompañarlo.
Su padre también fue cantor, aunque Alamiro no llegó a conocerlo. Sin embargo, la tradición familiar no se perdió: un hermano suyo también cantaba Casimiro Menay, al igual que su tío Carmelo Menay, quien fue una influencia importante en sus primeros años.
Alamiro creció entre esas voces antiguas. Escuchaba con respeto a los cantores mayores, que no solo entonaban los versos tradicionales, sino que también componían los suyos. Uno de los más recordados por el es don Amaro Goas, quien tenía una libreta repleta de versos. También existía un cantor llamado Montiel, quien compartía sus versos con don Alamiro y el los modificaba a su gusto.
Inspirado por ellos, Alamiro comenzó a crear sus propios versos junto con su hermano. Aunque nunca aprendió formalmente a tocar guitarra —como sí lo hizo su hermano—, desarrolló un profundo oído musical. Hoy en día sigue intentando tocar algunos acordes: domina la primera cuerda y, según dice entre risas, “a la segunda le pego poco”.
A pesar de los años, don Alamiro mantiene viva la tradición del canto a lo divino. Es parte de una generación que heredó los rezos cantados de sus mayores y los conserva con respeto.